Es claro que el agua es la fuente de vida y que su consumo resulta esencial para el organismo, pues su influencia es decisiva en muchas funciones básicas de nuestro cuerpo, ya que constituye un medio indispensable para que pueda producirse la normal absorción, transporte y utilización del resto de los nutrientes de los alimentos, al mismo tiempo que participa en la regulación de la temperatura corporal.

Además, el agua es el mejor refresco para quitar la sed, aporta cero calorías, tiene poder relajante, se utiliza para limpiar las papilas gustativas durante la comida y se puede mezclar con cualquier tipo de alimento.
   
Aproximadamente el 70% de nuestro cuerpo esta compuesto por agua, porcentaje que varía según la edad y el estado de salud en el que nos encontremos, por lo cual cualquier persona podría vivir sin comer durante un periodo de días, pero no sin ingerir agua.
 

El agua se encuentra presente en forma muy abundante en el planeta, apareciendo en estado sólido (hielos árticos y antárticos, y en la nieve), liquido (océanos, ríos, etc.) y gaseoso (atmósfera del planeta); pero a pesar de esto el 90% del agua presente en el planeta no es apta para el consumo humano. Sólo un 10% es apto para consumo casi directo, del cual el 2.5% representa las aguas minerales, que son aquellas que no requieren tratamientos fisicoquímicos por su pureza original.

Con base en lo anterior, siendo evidente la escasez de este preciado liquido, surge a finales de la segunda guerra mundial, el Agua Envasada, aunque no con el carácter comercial actual, sino más bien terapéutico. Es así como al principio el agua se vendía solamente en farmacias, pero a partir de la década de los sesenta, este producto comenzó a venderse en todo tipo de comercios de alimentación.

   
Se considera, el agua, hoy un producto alimenticio más, unido al concepto de mejoramiento del nivel y calidad de vida dentro de la sociedad, donde el consumidor de cualquier parte del mundo, aunque especialmente en los países mas desarrollados, busca en el agua, no sólo que sea pura, sino el mejoramiento de ciertas características organolépticas, como olor, color y sabor.
 

El consumo de agua envasada crece notablemente cada año, casi un 10%, y está llegando a un punto en el que cualquier buen restaurante, no debería olvidar incluir en su carta un espacio reservado a las aguas. En estos momentos, restaurantes y cafeterías deberían tener una carta de aguas que permitan al cliente una variedad de elección, evitando así la triste frase de “un agua, por favor”.

   

El agua envasada es el principal líquido para calmar la sed. Sin embargo hay que tener en cuenta que no todas las aguas envasadas son iguales. Es necesario saber distinguir las propiedades de cada una y consumir aquella que más convenga a nuestro organismo.

Hoy en día existen numerosas marcas de agua en el mercado, la diferencia entre unas y otras radica principalmente en su procedencia y su posterior tratamiento: las aguas minerales naturales, las aguas de manantial y las aguas potables preparadas o tratadas.
Cada tipo de agua atiende a las necesidades y gustos de cada persona.

 

Cada marca de agua debe tener su propia personalidad, pero siempre ofrecer un sabor limpio, fresco y sin defectos, como son sabores amargos, químicos, plásticos, acre, tierra, humedad, cal y grasa. Los gustos actuales valoran las aguas ligeras y sin apenas sabor, aquellas poco mineralizadas, bajas en sodio y con equilibrio entre todos sus componentes.

   

En el mundo, la mayor parte de los consumidores prefiere el agua mineral natural con cerca del 85% del consumo, un 10% procede de manantial y un 2% es agua potable preparada para vender. Además existe el consumo de agua envasada con gas, aunque es una minoría comparada con el agua natural sin gas.


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